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24 noviembre 2014

Crónica de una visita a Etzatlán 24/NOV/14


Hacienda Grande de Santa Clara

Al Norte del Cerro la Embocada nace el cautivante Arroyo el Amparo. De la Hacienda Grande seguimos el precioso camino de tierra que lleva a Las Jiménez, fue un continuo ascender y serpentear laderas verdes, al ganar altura, el paraje fue embellecido por robles y algunos pinos. Nos detuvimos en un mirador y apreciamos la cuadricula de Etzatlán, el campanario, manchones de árboles, los eucaliptos de la estación y los cipreses del panteón. A la siniestra la Laguna el Palo Verde y a la diestra el Cerro la Gavilana, y en lontananza, un fértil valle, donde oleaba la mágica laguna de Etzatlán, con 16 leguas de largo, en su orilla, San Pedro, con su Cerro el Suspiro y al fondo el Cerro la Piedra Rosilla, un paisaje bonito pero nostálgico a la vez, pues ya perdimos los nítidos cielos, que día a día los llenamos más de humo, en aras de un superfluo materialismo. El asta del mirador añora la bandera nacional, que antaño hondeaba.

Del mirador, seguimos el sendero minero. En la cima nos fuimos adentrando a un maravilloso bosque de robles, salpicado por muérdagos, naranjas y rojos. Al bajar, un murmullo de agua embelleció el sitio, era el arroyo La Embocada, que serpenteaba entre diversos follajes, sobresaliendo unos fresnos. Enseguida vimos el bizarro arroyo La Cañada, que giraba al acariciar un sauce.

Luego de una loma, se dejó ver el espectacular arroyo El Amparo, comprendido por una preciosa garganta, tapizada de plantas, el lecho con buen caudal ocre, que mostraba su fuerza al rosar unas piedras, unas matas vencidas en la orilla nos indicaron la buena creciente que corrió. Una alta palmera nos delató el casco de la hacienda minera La Embocada, una troja de adobe con cuatro puertas entre gruesos contrafuertes, otra troja sólo conserva algunas tapias, la casa grande con un arco de medio punto en su zaguán, con tres ventanas verticales por costado, que se asoman al arroyo.

La brecha fue bordeando el arroyo y mostrándonos sus encantos, luego de haberlo cruzado observamos “La Gerencia”, una amplia gradería nos condujo a la admirable finca, de dos niveles, con portal, que soportó una terraza con vista al arroyo, la fachada con cortes a 45º a los lados, provocando un atractivo movimiento, puertas y ventanas abrían a la hechizante garganta. “The Amparo Mining Co.” Laboró la hacienda, que comprendía 5,035 hectáreas. María de la Luz Correa Gómez refirió: “Se laboró en tres turnos diarios, cada uno con 250 a 300 personas y con un promedio de producción de 400 toneladas de mineral en piedra por día”. En la revolución se le otorgó permiso para adquirir dos ametralladoras para defenderse. Se evoca a los gerentes: G. T. Graham y James Howard, quienes se comunicaban a Etzatlán por vía telefónica. Para 1926 se manifestaron los mineros que simpatizaron con el movimiento obrero rojo, contra la CROM, que había constituido un sindicato blanco, se sumó la caída económica de 1929 y la Compañía cerró posteriormente. Para 1939, Las Jiménez formó parte de una Cooperativa, que paró en 1944.  

Nos sentamos a la vera del arroyo, al pie de unos sauces, a contemplar el bello torrente, contrastado por la vegetación y animado por jilgueros. Después subimos a la capilla del Señor del Amparo, de ladrillo aparente, la fachada principal con tres puertas arqueadas en medio punto, con una ventana coral cada una, horizontal, por remate, un frontón triangular un con pequeño vano circular al centro. Del lado izquierdo se adosó una espadaña de dos cuerpos, con un vano arqueado cada uno, el primero con campana, en la cresta yace una cruz. Las puertas laterales arqueadas y enmarcadas por medias columnas y contrafuertes, enseguida ventanas verticales figurando una cruz. El ábside con un vano circular y frontón triangular. Unos contrafuertes esquineros lucen remates que simulan tiros de chimenea. En el altar posa el Señor, que se festeja en mayo, a un costado cuelgan homenajes, uno de Enrique WrereKeizen.


Arroyo el Chacuaco
En el cerro Piedras de Lumbre, en su costado Sur, unos hilos de agua se van uniendo al bajar un pliegue, para formar el fabuloso Arroyo el Chacuaco.


El cerro se eleva a unos 2,000 metros, el arroyo surge cerca de Los Timbres, como a los 1,800 metros, y se contonea acorde a su cañada, al bajar a los 1,400 llega al plan de la hacienda San Sebastián. Al acercarse al casco, lo engruesa el arroyo Corta Pico, para luego seguir serpenteando el plan, cubierto por caña, y después de varios potreros desemboca en la represa de Coatepec. De la estancia de gambusinos, llamada El Amparo, regresamos para Etzatlán, al bajar la sierra nos detuvimos a mirar el arroyo Santa Clara, arroyo que cautivó a los naturales a coexistir. Phil C. Weigand clasificó una impresión de arcilla del “sector de Santa Clara del antiguo sitio de Etzatlán, que tiene posible información toponímica”.

También identifico aledaña al arroyo una “estructura circular y tumba de tiro”, una plataforma habitación y unos pozos de cocina. Roberto González Romero refirió: “Cuando los españoles penetraron por la región en el año de 1525, se encontraron el pueblo habitado por varias tribus indígenas que se habían asentado en el lugar desde la peregrinación de las tribus de Aztlán, que procedían del Norte de América. Las tribus establecidas en Etzatlán, eran desprendimientos de los toltecas y los aztecas y se quedaron aquí atraídos por la fertilidad y riqueza de sus tierras, por la abundancia de cobre y los beneficios y ventajas que les proporcionaba la Gran Laguna de la Magdalena, desecada en el año de 1932 y que a fines del XIX llegaba a un kilómetro del pueblo”.

De Etzatlán nos encaminamos rumbo a San Sebastián, en 1825, Victoriano Roa citó: “Quinto Cantón, Etzatlán. En el distrito de la capital están ubicadas las haciendas siguientes: Santa María, San José, Guadalupe, Aguacero, San Felipe, Zapatero, San Sebastián, San Pedro, Santa Cruz y Ayones, con 9 ranchos”. Pasamos Las Fuentes y después Agua Zarca, enseguida de Los Fresnos, llegamos a una bifurcación, a la izquierda conducía a San Sebastián y derecho a Santa Rosalía, nos seguimos derecho para admirar el arroyo El Chacuaco, que zigzagueaba con garbo entre paredones de más de un metro de altura, bordeados por cañaverales, unos sauces embellecían el cauce. Volvimos al crucero para seguir el camino a San Sebastián y a un corto tramo encontramos el bonito arroyo, girando entre sauces y un alto paredón, de unos tres metros de altura.

Caminamos por una vera, arroyo arriba, hasta llegar a un sauce, donde percibimos su frescura, su color ocre contrastaba con los diversos follajes y tonos verdes.

Posteriormente visitamos la maravillosa hacienda, la casa chica, con un portal delimitado por cinco arcos en medio punto, soportados por capiteles dóricos y columnas redondas, el arco central obedece a su alta puerta. Por remate, un frontón triangular, a los costados, dos ventanas verticales con forja, y una cruz en su remate. La casa grande, con tres portales, que forman con gracia dos escuadras. El portal principal lo comprenden diez arcos dóricos en medio punto, sobre columnas redondas, el sexto arco corresponde con la puerta del zaguán, tres grandes ventanas verticales miran al portal.

En el costado derecho observamos la preciosa capilla, con puerta arqueada y rematada por un frontón triangular, con una ventana por lado, vertical y arqueada, sobre la cornisa,  una balaustrada con almenas, del lado derecho se levantó una bizarra espadaña, de dos cuerpos, el primero con tres vanos arqueados y uno en el segundo, con un vano circular por costado y uno arriba, abrazado por una cornisa semicircular con almenas y en la cresta, una basa con cruz. Al salir de la finca, nos cautivó la presa aledaña, delimitada por palmeras, mangos, aguacates, fresnos y sauces, los follajes se reflejaban en el quieto espejo. En el porfiriato, la hacienda era de Manuel Fernández del Valle y comprendía 25 mil 307 hectáreas.


Arroyo el Amparo

Al Norte del Cerro la Embocada nace el cautivante Arroyo el Amparo. De la Hacienda Grande seguimos el precioso camino de tierra que lleva a Las Jiménez, fue un continuo ascender y serpentear laderas verdes, al ganar altura, el paraje fue embellecido por robles y algunos pinos.


Nos detuvimos en un mirador y apreciamos la cuadricula de Etzatlán, el campanario, manchones de árboles, los eucaliptos de la estación y los cipreses del panteón. A la siniestra la Laguna el Palo Verde y a la diestra el Cerro la Gavilana, y en lontananza, un fértil valle, donde oleaba la mágica laguna de Etzatlán, con 16 leguas de largo, en su orilla, San Pedro, con su Cerro el Suspiro y al fondo el Cerro la Piedra Rosilla, un paisaje bonito pero nostálgico a la vez, pues ya perdimos los nítidos cielos, que día a día los llenamos más de humo, en aras de un superfluo materialismo. El asta del mirador añora la bandera nacional, que antaño hondeaba.

Del mirador, seguimos el sendero minero. En la cima nos fuimos adentrando a un maravilloso bosque de robles, salpicado por muérdagos, naranjas y rojos. Al bajar, un murmullo de agua embelleció el sitio, era el arroyo La Embocada, que serpenteaba entre diversos follajes, sobresaliendo unos fresnos.

Enseguida vimos el bizarro arroyo La Cañada, que giraba al acariciar un sauce. Luego de una loma, se dejo ver el espectacular arroyo El Amparo, comprendido por una preciosa garganta, tapizada de plantas, el lecho con buen caudal ocre, que mostraba su fuerza al rosar unas piedras, unas matas vencidas en la orilla nos indicaron la buena creciente que corrió.

Una alta palmera nos delató el casco de la hacienda minera La Embocada, una troja de adobe con cuatro puertas entre gruesos contrafuertes, otra troja sólo conserva algunas tapias, la casa grande con un arco de medio punto en su zaguán, con tres ventanas verticales por costado, que se asoman al arroyo.

La brecha fue bordeando el arroyo y mostrándonos sus encantos, luego de haberlo cruzado observamos “La Gerencia”, una amplia gradería nos condujo a la admirable finca, de dos niveles, con portal, que soportó una terraza con vista al arroyo, la fachada con cortes a 45º a los lados, provocando un atractivo movimiento, puertas y ventanas abrían a la hechizante garganta. “The Amparo Mining Co.”

Laboró la hacienda, que comprendía 5,035 hectáreas. María de la Luz Correa Gómez refirió: “Se laboró en tres turnos diarios, cada uno con 250 a 300 personas y con un promedio de producción de 400 toneladas de mineral en piedra por día”. En la revolución se le otorgó permiso para adquirir dos ametralladoras para defenderse. Se evoca a los gerentes: G. T. Graham y James Howard, quienes se comunicaban a Etzatlán por vía telefónica. Para 1926 se manifestaron los mineros que simpatizaron con el movimiento obrero rojo, contra la CROM, que había constituido un sindicato blanco, se sumó la caída económica de 1929 y la Compañía cerró posteriormente. Para 1939, Las Jiménez formó parte de una Cooperativa, que paró en 1944.  

Nos sentamos a la vera del arroyo, al pie de unos sauces, a contemplar el bello torrente, contrastado por la vegetación y animado por jilgueros.

Después subimos a la capilla del Señor del Amparo, de ladrillo aparente, la fachada principal con tres puertas arqueadas en medio punto, con una ventana coral cada una, horizontal, por remate, un frontón triangular un con pequeño vano circular al centro. Del lado izquierdo se adosó una espadaña de dos cuerpos, con un vano arqueado cada uno, el primero con campana, en la cresta yace una cruz.

Las puertas laterales arqueadas y enmarcadas por medias columnas y contrafuertes, enseguida ventanas verticales figurando una cruz. El ábside con un vano circular y frontón triangular. Unos contrafuertes esquineros lucen remates que simulan tiros de chimenea.

En el altar posa el Señor, que se festeja en mayo, a un costado cuelgan homenajes, uno de Enrique WrereKeizen.

Hacienda Grande de Santa Clara 

Al Sur de Etzatlán, allá por donde canturrea el arroyo Santa Clara, se encuentra la atractiva Hacienda Grande de Santa Clara. En el precioso Cerro la Calabaza, que se eleva a más de dos mil metros, nace el arroyo referido, en su ladera Norte, arroyo que brinda vida y animación a la garganta que lo comprende, en su parte baja se levantó la Hacienda, para beneficiar los minerales del Amparo. El documento “Intendencia de Guadalajara 1789-1793”, dice respecto a los habitantes de Etzatlán: “ocupados en el beneficio de metales que sacan en las inmediaciones de este lugar”. En 1893, Bernardo M. Martínez puso en tinta: “En todo el Cantón (Ahualulco) se encuentran dos agencias de minerías: la de Etzatlán y la de Hostotipaquillo. Hay minas de oro, plata, fierro y plomo. Como se comprende, este ramo proporciona la manera de vivir a muchos habitantes, y aún hay pueblos que es el único medio que tiene para subsistir, como el de Etzatlán y el de Hostotipaquillo”. Y María de la Luz Correa Gómez citó: “En 1902 negocio la Mining Company —compañía norteamericana con residencia en Filadelfia—, junto con la Sociedad La Armonía, los derechos de explotación por la cantidad de 300 millones de pesos. La introducción del ferrocarril marcó el inicio de una etapa”.   

De la olvidada estación, nos dirigimos a la Hacienda Grande, apreciamos añejas moradas, una amarilla, abandonada y carente de techumbre, con dos ventanas verticales y de cuatro hojas, que dotaban una fabulosa variedad de luz y aire. La casa vecina, verde, con puerta de dos hojas, a los costados, una ventana, vertical y con forja. Más adelante vimos una ventana de dos hojas con un postigo cada una, en su parte inferior. Y por último nos cautivó una ventana vertical, cubierta por dos hojas de madera color azul pastel, que contrastaba con su marco y muro blanco. Enseguida de las fincas, atravesamos el bonito arroyo Santa Clara y a corta distancia nos encontramos con una de las puertas de la Hacienda, arqueada en medio punto, rematada con un vano circular y cubierta por un tejado a dos aguas. A unos pasos un bizarro chacuaco nos delató la preciosa estancia, de base octagonal, conformada por ladrillo y embellecida por una buganvilla roja, arriba de su sobria cornisa se levantó la chimenea, de planta circular y de gran altura, de unos doce metros, rematada por un saliente cornisamento. A un costado, miramos varios cuartos, cinco puertas y una ventana abren a su interior, cubiertos por tejas, con pendiente a un agua. Del lado derecho el portón, de dos hojas y atrás, se dejaba ver un cordón de frondas, que revelaba al arroyo, un puente en arco de medio punto lo atraviesa. Al oriente del chacuaco, unos tanques y luego, una alta y solida construcción de gruesos muros, donde bufaba una caldera. El espacio, de planta rectangular y de tres niveles, en su fachada Suroeste, apreciamos una puerta en el primer nivel, otra más grande y arqueada en el segundo, unos orificios de vigas de madera, indican que sostuvieron un tejaban saliente. El tercer nivel, con ladrillos aparentes y a canto, haciendo sus muros anchos, un muro lateral da indicios de una cubierta en bóveda de cañón. Cargas de menas llegaban a la Hacienda, caían a la almádena, se lavaban y tamizaban, para luego extraer los minerales deseados.      

Arroyo arriba, vimos un corral para ganado vacuno, de piedra y un tanto curveado, con una pila para el agua y una bodega de adobe aledaña. Cuesta arriba, potreros, con comederos y buenas sombras de diversos árboles, destacando gruesas higueras. Vimos unos muros con canales, a las veras del arroyo, que sirvieron a una compuerta, provocadora de una buena represa para el estiaje. Nos sentamos un rato al pie de una higuera, a contemplar el hermoso arroyo que alegraba la cañada, salpicada por variados tonos verdes, fraccionados por el torrente ocre de aguas serranas.


Estación Etzatlán

Al Norte de Etzatlán, se localiza la legendaria estación  que lleva su nombre. Francisco Javier Uribe Topete puso en tinta: En 1887 se formuló por la Sociedad de Ingenieros para establecer un Ferrocarril de Guadalajara a Chamela. Se proponía la siguiente ruta: Guadalajara, Zapopan, Tala, Ameca, San Martín, Tecolotlán, Tenamaxtlán, Unión de Tula, Autlán, Purificación y Chamela. También se interesaron por el ferrocarril Guadalajara-Ameca, proyectos que fueron apoyados por la sociedad “Las Clases Productoras”… En el mes de diciembre de 1896 se inauguró la extensión del ferrocarril Central a la ciudad de Ameca… se contó con la asistencia del Sr. Presidente de la República, Gral. Dn. Porfirio Díaz… El Gobierno se hizo cargo del paseo al Salto de Juanacatlán, el Ayuntamiento de la comida, mientras que la Cámara de Comercio proporcionaría el baile el 7 de diciembre de 1896… El General Díaz pronunció un pequeño discurso diciendo: “Agradezco a la Cámara… Señores: Brindemos por la Cámara de Comercio, por la prosperidad del Estado y por las nobles y bellas Jaliscienses”… la empresa del ferrocarril Central volvió a construir sus líneas a partir del año de 1895… la primera de ellas fue precisamente la de Guadalajara-Ameca, concesionada por decreto el 17 de diciembre de 1895, al igual que un ramal a Tequila… Los trabajos se iniciaron a mediados del año de 1896 y se terminó el ramal de 89 kilómetros en enero del siguiente año. Una vez funcionando el ferrocarril a Ameca, tenía una hora oficial de salida a las 12.45 P.M., tocando las siguientes estaciones: Jocotán, La Venta, Orendáin, El Refugio, Cuisillos, La Vega, Matute, Romero, La Esperanza y Ameca, a donde llega a las 3.20 P.M.

Posteriormente el Ferrocarril Central Mexicano cristalizó el Ramal de San Marcos, que apareció publicado en el Directorio del Estado de Jalisco de 1904-1905: Saliendo a las 3. 00 P.M. de La Vega, parando en las estaciones: Carmen, Ahualulco, Estancita, Etzatlán (5.05), Bárcena y llegando a San Marcos a las 5.35, donde pernoctaba y se abastecía de agua y leña, para silbar su salida a las 5.15 A.M. El próximo año, el 20 de julio, se le aprobó al señor Carlos Romero para que explotara un tren (por 80 años), que corriera entre Etzatlán y Hostotipaquillo. La empresa se nombró, “Ferrocarril Minero de Mololoa”.

Una fresca mañana, Nicolás, Marisol y yo nos encaminamos para Etzatlán, en la esquina de su gasolinera viramos a la izquierda y seguimos por una avenida que nos llevó a la porfiriana estación del tren. Nos bajamos emocionados a apreciar la centenaria finca, de planta rectangular, en el lado Oeste, la sala de espera, abierta por tres costados, el cuarto liga con lo que era la oficina, donde estaba el dinámico Telegrafista y el observador Jefe de Estación, con su reloj de bolso, ferrocarrilero (Elgin), en su chaleco o pantalón y su gorra de Jefe. El costado Norte y Sur están delimitados por basas de piedra, que sostienen pilares de madera y estructuras, que reciben el techo de lámina, a dos aguas. Sala que tenía bancas de madera para los pasajeros. Subimos por una rampa al andén, que conduce a unas altas puertas arqueadas que abren a las bodegas, donde rodaban los diablos y las carretas de barra a la báscula. Las puertas y las ménsulas del alero, enseñan ladrillo aparente, contrastando con los enjarres. Nos adentramos a una espaciosa bodega y fuimos atraídos por el precioso bosque de eucaliptos que enmarcaba la puerta contraria. El lado Este con unas ventanas verticales y una puerta entre ellas, sobre el cornisamento, un letrero: “ETZATLÁN”, arriba, una ventana circular. La fachada Norte con la saliente ventana del Jefe de Estación, que mira el camino de hierro en sus tres lados, donde antaño se dejaba ver una hermosa locomotora con su penacho de humo, silbando alegría y progreso. Entre los rieles, se rellenó con adoquines rojos para servir de agradable andador.


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