Qué palabra tan vieja y tan vigente: progreso.
Hace más de un siglo, nuestros antepasados entendían perfectamente que una vía de comunicación podía cambiar el destino de un pueblo.
Entendían que conectarse significaba vender.
Que vender significaba producir.
Que producir significaba emplear.
Que emplear significaba atraer población.
Y que atraer población significaba tener futuro.
Hoy parece que hemos olvidado esa lógica elemental.
No escribo esto para decir que antes todo era mejor.
No lo era.
La historia de Etzatlán también está hecha de desigualdades, explotación, conflictos, enfermedades, pobreza y tragedias. La nostalgia es una mala herramienta para gobernar.
Pero la historia sí puede servir para algo mucho más importante: para demostrarnos que el destino no está escrito.
Etzatlán ya cambió una vez. Y puede volver a cambiar.
La pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente cuándo empezó nuestra decadencia. La pregunta verdaderamente incómoda es: ¿en qué momento dejamos de pensar en grande?
Porque los pueblos no desaparecen de un día para otro.
Primero pierden una ruta. Después una empresa. Después una oportunidad. Después una generación joven. Después un negocio. Después una inversión. Después la esperanza.
Y un día uno camina por sus calles y descubre que el pueblo sigue ahí, pero que cada vez son menos las razones para quedarse.
Eso es mucho más grave que una calle en malas condiciones.
Eso es pérdida de futuro.
Y aquí es donde el presente político importa.
Estamos viviendo un momento extraño en México.
Desde el Gobierno federal se habla de infraestructura como una herramienta para transformar regiones. En febrero de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó un Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar que contempla, entre 2026 y 2030, una inversión pública y mixta de 5.6 billones de pesos en sectores como trenes, carreteras, agua, energía, salud y educación.
En Jalisco, el presupuesto estatal de 2026 coloca entre sus prioridades las participaciones y aportaciones a municipios, la inversión pública, la promoción económica, el desarrollo social y la seguridad.
Y el Estado tiene incluso instrumentos destinados a financiar infraestructura económica, turística, cultural, educativa y de seguridad regional, particularmente en municipios que presentan rezago.
Entonces la pregunta ya no puede ser:
«¿Hay dinero?»
La pregunta tiene que ser:
«¿Hay proyecto?»
Porque un municipio pequeño no necesita competir con Guadalajara en cantidad de habitantes, ni convertirse artificialmente en una ciudad industrial.
Necesita descubrir qué puede hacer mejor que los demás.
Y Etzatlán tiene con qué.
Tiene historia minera. Tiene patrimonio. Tiene una antigua estación ferroviaria. Tiene la antigua infraestructura minera. Tiene paisaje. Tiene la Sierra del Águila. Tiene agricultura. Tiene gastronomía. Tiene memoria. Tiene una ubicación que puede convertirse en ventaja. Tiene una población que, a pesar de todo, sigue aquí.
Y tiene algo que muchas ciudades grandes han perdido: una identidad reconocible.
Lo que falta no es necesariamente patrimonio.
Lo que falta es convertirlo en estrategia.
No podemos pedirle al Gobierno federal que venga a salvar Etzatlán.
Tampoco podemos esperar que el Gobierno de Jalisco descubra por sí solo qué necesita nuestro municipio.
Y mucho menos podemos aceptar que un Ayuntamiento reduzca la idea de desarrollo a administrar lo que ya existe.
Un municipio no se gobierna solamente tapando baches, organizando eventos o inaugurando obras necesarias.
Gobernar también significa preguntarse:
¿Dónde queremos estar dentro de diez años?
¿Qué industrias queremos atraer?
¿Qué negocios hacen falta?
¿Cómo vamos a generar empleos para nuestros jóvenes?
¿Cómo hacemos que un visitante se quede dos semanas y no dos días?
¿Cómo conectamos nuestro patrimonio con la economía?
¿Cómo recuperamos nuestros espacios públicos?
¿Cómo hacemos del centro histórico un lugar vivo?
¿Cómo convertimos la antigua estación de ferrocarril en algo más que un edificio bonito?
¿Cómo hacemos de nuestra historia minera una experiencia cultural?
¿Cómo aprovechamos la Sierra del Águila sin destruirla?
¿Cómo conseguimos que el dinero que llega de fuera se quede aquí?
¿Cómo conseguimos que quien nació aquí no tenga que irse para tener una vida digna?
Eso es gobernanza. Eso es desarrollo. Eso es pensar un municipio.
Y hay otra cuestión que ya no podemos esquivar: la seguridad.
Porque no existe desarrollo económico donde la gente tiene miedo.
Un comerciante no invierte donde siente que puede perderlo todo.
Una familia no sale a caminar si siente que el espacio público dejó de pertenecerle. Un joven no construye su proyecto de vida en un lugar donde el futuro parece estar siempre en otra parte.
La Federación ha planteado incluso que una parte del fortalecimiento municipal debe dirigirse a seguridad pública, y el FORTAMUN 2026 contempla que al menos 20% de esos recursos se destine a necesidades directamente vinculadas con la seguridad.
Pero seguridad tampoco significa únicamente patrullas.
Seguridad es iluminación. Es una plaza ocupada. Es una calle transitada. Es una cancha con jóvenes. Es comercio abierto. Es transporte. Es empleo. Es cultura. Es comunidad. Es saber que alguien está ahí.
Un pueblo abandonado es terreno fértil para el miedo. Un pueblo vivo se defiende también con su propia vitalidad.
Por eso me da coraje. Porque cuando uno conoce esta historia, ya no puede mirar Etzatlán de la misma manera.
Ya no puede pasar frente a la estación y ver solamente un edificio antiguo.
Ahí estuvo una locomotora.
Y detrás de aquella locomotora hubo una idea.
La idea de que Etzatlán podía conectarse. La idea de que los minerales podían salir. La idea de que las mercancías podían llegar. La idea de que las personas podían viajar. La idea de que el pueblo podía crecer. La idea de que el futuro podía llegar sobre rieles.
Y llegó.
Durante un tiempo. Después se fue. Y nosotros aprendimos a vivir sin él.
Quizá eso es lo que más miedo debería darnos.
No haber perdido el tren.
Haber aprendido a vivir sin esperar ninguno.
Por eso no quiero recuperar el Etzatlán de hace cien años.
No quiero regresar a las minas del siglo XIX ni reconstruir artificialmente una época que ya terminó.
Quiero algo más difícil.
Quiero que volvamos a tener una razón para mirar hacia adelante.
Que tengamos una economía capaz de generar empleos.
Que nuestros jóvenes puedan quedarse porque quieren, no porque no tuvieron oportunidad de irse.
Que haya inversión.
Que haya seguridad.
Que haya comercio.
Que haya cultura.
Que haya calles vivas.
Que haya proyectos.
Que haya gobierno.
Que haya oposición.
Que haya ciudadanos que exijan.
Que haya empresarios que arriesguen.
Que haya jóvenes que imaginen.
Que haya gente que vuelva.
Quiero que Etzatlán vuelva a ser un lugar al que se llega. Y no solamente un lugar del que se sale.
Tal vez estamos viviendo un momento especialmente importante.
El país está hablando otra vez de trenes, infraestructura, conectividad y desarrollo regional. Jalisco habla de inversión pública y de fortalecimiento municipal. La Federación está poniendo recursos sobre la mesa y existen mecanismos estatales para que los municipios presenten proyectos de infraestructura.
En este escenario, Etzatlán tiene que decidir qué quiere pedir.
Pero, sobre todo, qué quiere proponer.
Porque pedir una obra es fácil.
Lo difícil es presentar un proyecto que explique para qué queremos esa obra, qué actividad económica va a generar, cuántos empleos puede producir, cuántos visitantes puede atraer, qué negocios puede beneficiar y cómo puede transformar nuestra región.
Eso es lo que necesitamos.
Dejar de pensar en obras aisladas.
Empezar a pensar en proyectos de ciudad.
Aunque seamos un municipio pequeño.
Quizá algún día nuestros hijos caminen por Etzatlán y no entiendan por qué alguna vez pensamos que aquí no podía pasar nada.
Quizá vean un pueblo con restaurantes llenos, calles vivas, hoteles, pequeños negocios, talleres, espacios culturales, rutas turísticas, actividades deportivas, agricultura tecnificada, seguridad y jóvenes regresando.
Quizá alguien llegue de Guadalajara y diga:
«¿Y cómo hicieron para que Etzatlán se pusiera así?»
Y entonces podremos contarle que no fue magia.
Que hubo una generación que se cansó de aceptar el declive como destino.
Que hubo gente que decidió mirar la historia no para llorarla, sino para aprender de ella.
Que alguna vez Etzatlán fue capaz de conectarse con el mundo.
Y que, más de cien años después, decidimos volver a conectarlo.
Porque ésa es la parte de la historia que todavía no está escrita.
Y quizá sea la más importante.
Etzatlán no tiene que volver a ser lo que fue.
Tiene que volver a ser lo que todavía puede ser.
Texto Guillermo González

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