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01 octubre 2016

Se ve la luz en Etzatlán de Juan minero 01/oct/16

La noche caía sobre el monte, cubriendo de negro la falda poblada de ocotes, el temblor de miedo sacudía los cuerpos de los que;llenos de valor se retaban a enfrentarse a el ánima en pena del que fuera en vida "Juan Minero", del entonces mineral de El Amparo Company S. A.
Mira Chon, no vengas con tus cuentos o con eso de los aparecidos, eso ya paso de moda, ya no existen. "Bueno allá tu" si quieres creerme; y si no, pues te lo dejo a tu conciencia, pero no por eso vamos a disgustarnos y a perder la amistad que hasta hora hemos tenido.

Pedro.- Había sonreído; para afirmar la buena voluntad de terminar con esa controversia, surgida por aquel desacuerdo; ambos amigos, tomaron la vereda que los llevaría a la Cruz de Quezada, lugar que se levanta majestuoso y deja ver la grandeza del pueblo Etzatlan, las siluetas se deslizaban veloces entre la sobra de los gigantes o eucaliptos, que cercaban la vereda.

La Lupe esperaba ansiosa la llegada de Chon, había preparado una olla de café negro, que dejaba percibir aquel olor tan perfumado y calientito que se desprendía del hervor.
Una cazuela de frijoles fritos, esperan ser sacados con la cuchara de madera, para ser depositados en el plato extendido de barro, que fue quemado en los hornos de losa de los alfareros de San Marcos,Jalisco.

El rojo chile, fue expuesto al paladar en el negro corazón de la piedra volcánica que abunda en ese lugar, principalmente en las cercanías de Oconahua, todo esto habría el apetito delicioso de aquella noche.

Pásale Pedro, a echarnos un taco, la  jornada fue dura.

Gracias Chon, mejor Ie "pego" hasta llegar a la casa.

-Ándale Pedro, aunque sea un taco de chile, o un jarrito de café, dijo la Lupe.
Gracias Lupe, pero no.

La noche paso tranquila, sin que nada perturbara aquella paz, paz provinciana, solo las campanadas del reloj de la torre de la parroquia, rompían el silencio nocturno.

Había transcurrido ya, más de seis meses, en la misma rutina de diario, la Lupe, con sus grandes ojos negros, como aguilotes de por acá, parecían salirse de su orbita, su respiración acelerada, demostraba la gran angustia que se había despertado en su interior, angustia de miedo, que no se puede ocultar, que brota como fuego, que calcina los huesos de miedo y pavor, su Chon no aparecía, mas bien la noche se lo había tragado.

Con su enorme garganta de tormenta, que azotaba los árboles, contra si mismos, desgajando sus ramas hasta darles contra el suelo, el viento feroz, los goterones llenaban a todos   los espacios, golpeando todo lo que existía, los relámpagos iluminaban con sus descargas eléctricas, toda la región, cuando de pronto, allá, en el cerro una luz brillante que ni siquiera
parpadeaba, avanzaba, es la luz de Juan Minero, es el alma en pena, de un pecador tahúr, que quiere llegar a la gracia de Dios.

Ánima bendita de Juan Minero, que encuentre mi Chon el camino, que sea tu alma lo que lo guié y mañana te prendo un kilo de ocote.

Así se cuenta y comienza algo que tiene su fin en 1953, cuando los frailes Franciscanos, lograron hacer un exorcismo y pidieron encerrar en cuadrante de luz, el alma que durante mucho tiempo causo bienestar y fe.

Hacía mucho tiempo, que el mineral de El Amparo, estaba dando ricos yacimientos de metales preciosos, en plata y oro, sin tomar en cuenta a otros de menor importancia, la bonanza había logrado llegar al punto de mayor esplendor, el poder económico, había desarrollado la ya célebre Hacienda de beneficio de El Amparo, Jiménez y Santo Domingo, cuyo nombre se unía a las de la Mazata y Piedras Bola.

Juan pertenecía a los mineros que por su fuerza y voluntad, habían sido escogidos, para que desempeñaran las faenas en turno, de las barrenas, que consistían en perforar la roca con la tradicional carabina, las cachas de Trinitrato de Nitroglicerina, TNT; para hacerlas explotar y abrir así,  el corazón mismo de la gran profundidad subterránea.

Hábil y dispuesto a las arriesgadas de las acciones, siempre buscando el bien a sus compañeros, era demasiado bondadoso y amable, dispuesto a ofrecer su vida por una causa común en pro de sus compañeros.

Ese día barrenaron 8 perforaciones, se colocaron también ocho cargas de T. N. T., se retiraron los perforadores, se retiraron las mechas, se colocaron los controles a las mechas generales cruzando los dedos, esperan impacientes que se realice la esperada explosión, juntan piedras con las manos, que juguetean, para llevar la cuenta de las tronadas, como ellos dicen, todos juntan ocho, solo Juan junta siete, Juan no corre como otras veces como es costumbre, manifestar el jubilo, frente a todos, mostrando las ocho piedras recogidas, como símbolo de triunfo, solo Juan, aturdido y sin saber que hacer , miraba incrédulo las siete piedras recogidas, esto, dio tiempo a que sus amigos de cuadrilla entraran a la zona de peligro, aun se percibía el olor azufroso a pólvora, todavía el humo, con mezcla de polvo, se alzaba denso y espeso, dibujando las siluetas blancuosas como fantasmas emergidos del abismo minero, adentrándose a la zona de derrumbes, su mente reaccionó instintivamente, y se arrojó sobre una mecha, que encendida, alcanzaba casi la base del orificio, en la roca que se iluminaba con los destellos, que la mecha desprendida en su carrera por alcanzar la carga, transformando su chisporreo, en una amenaza mortal, su cuerpo titánico, como base de yunque, arrancó de tajo la mecha que sale del orificio, con la carga de T. N. T, y en su angustia desesperante, la arrojó hacia la boca de la salida del tiro.

Cuando alcanzó la distancia, la carga, estalló en mil partículas, cerrando la única entrada que conducía al exterior, con la cara, todavía perpleja, había salvado la vida de sus compañeros, para permanecer sepultados en vida, tal vez por la eternidad.

OTRA VERSIÓN

Leyenda de la Santa Cruz de Quezada

Por el año de 1879 vivía con los frailes, en el Convento de Etzatlán, el Padre Quezada quien desde su ventana veía en un cerro cercano que aparecía una luz como fuego. Por ese tiempo se explotaba en las cercanías la mina de Santo Domingo (hoy El Amparo) y sus trabajadores acudían al pueblo a hacer sus compras y algunos de ellos gustaban de quedarse en el llano a jugar baraja, a la sombra de un mezquite. En ese mismo lugar ocurrió que varios mineros perdieron la vida. 

Al darse cuenta el Padre Quezada la inseguridad y vagancia que se daba a la sombra del mezquite mandó derribarlo y de su madera mandó fabricar una cruz a la cual llamaron "la cruz del Padre Quezada". El religioso ordenó colocarla en el sitio donde veía la misteriosa luz y desde ese entonces se acabó la visión del fuego y terminaron los crímenes que ocurrían con frecuencia en el lugar. Esta cruz está colocada en la cima del cerro y se divisa desde lejos. 

Otra leyenda cuenta que la cruz de Quezada, fue puesta para alejar al maligno que se aparecía en esos rumbos ya que ahí se juntaban los mineros y los truhanes para beber, apostar y todo tipo de francachelas dónde llegó a haber muertos y peleas frecuentemente, desde la población se ve muy seguido una luz que sube y baja por la ladera del cerro y cuando llegas a donde crees que está ya se encuentra al otro lado del cerro, es el ánima de Juan minero que sube y baja expiando sus culpas desde aquellos tiempos, va con su casco, sus botas y su lámpara de carburo señalando con esta hacia el Amparo y a la cruz.


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Foto: M. Fregoso
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